Funny Games

La inspiración siempre te “pilla” de improviso y si lo hace, más vale que tengas un bolígrafo cerca (o el cuaderno de notas de tu móvil a mano). Recuerdo cómo nació este microrrelato al que le tengo especial cariño porque quedó segundo en un concurso de microrrelatos en homenaje al maestro Poe. En medio de una clase, con una alumna muy especial, una señora que siempre nos hacía reir con sus ocurrencias y que me comentó que, una vez, había intentado “enterrar” a su marido en la arena, para olvidarse de él… Esa fue la chispa y esta, la historia que surgió:

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FUNNY GAMES

Me gusta la playa. Desde mi habitación veo la orilla, el mar, la arena. Imagino que bajo esos miles y millones de granitos brillantes se esconden llaves de duendes, juguetes de niños distraídos y hasta la calavera de algún pirata tuerto. Yo juego a enterrar tesoros, es divertido. Al principio, eran piedras de colores que nunca recuperé, anillos de plástico o trocitos de papel con mensajes secretos. Pero hace una semana enterré a mi muñeca favorita. Mamá dijo que tuviera cuidado, que la arena engaña, se come las cosas y las olvida. No hice caso, y la perdí. Lloré mucho, mientras mi hermano pequeño hacía burla y mamá me regañaba. Hoy es ella quien llora. Corre arriba y abajo, abre armarios, busca bajo las camas. Y me mira como con miedo. Yo sólo he contado la verdad. Que esta mañana hemos ido con mi hermanito a jugar, a la playa. En la arena. Como a mí me gusta.

De brujas, secretos y Grace (para el proyecto Adopta una autora)

Brujas

Pueblo pequeño, infierno grande. Bienvenidos al “averno” de Peyton Place y a la obra de Grace Metalious, que dinamitó esquemas y récords de ventas en los albores de los años sesenta —y es que el cielo siempre ha sido un poco más aburrido—.

La primera vez que escuché el nombre de Grace Metalious me sonó a estrella de rock o a diva de Hollywood. Y, la verdad, es que fue tan famosa como muchas de ellas. Quizá demasiado. Por una novela que, en 1956, “destrozó la vida de sus vecinos”, fue calificada de “trash lit” —que en castellano traduciríamos con la fea expresión de “literatura basura”— pero permaneció más de 59 semanas entre los libros más vendidos del New York Times. Aún, hoy en día, muchos clasificarían la obra de Grace de “basura folletinesca”. Pero yo estoy encantada de “adoptarla” y espero que muchos lectores podáis descubrir a esta autora que acabó siendo víctima de un pueblo no tan “imaginario”. Y lo estoy por tres razones. Porque todos tenemos un pasado. Por Shirley Jackson. Y por las “brujas”. Tres razones que serán mis particulares “secretos” desvelados en esta primera entrada.

Pues sí… todos tenemos un pasado. Y yo me recuerdo, de pequeña, esperando la sobremesa impaciente, comiéndome el postre sin apenas mirar el plato, mientras dedico toda mi atención a las andanzas de Angela Channing en Falcon Crest. O puedo verme aún, rogando a mi madre para que no me mandara a la cama, cuando aparecían los rombos en el instante en el que Joan Collins asomaba su estola y sus diamantes de oropel al ritmo de la sintonía de Dinastía. Las traiciones, los escándalos y los secretos me fascinaban ya entonces, cuando ni tan solo había oído hablar de Grace y su obra. Estoy convencida de que siempre es un buen momento para reivindicar a una autora, aunque en estos días, precisamente, cuando volvemos a hablar de otro pueblo memorable, el de Laura Palmer, me parece especialmente apropiado recordar a Grace. Una mujer sin la que, tal y como el propio Boris Izaguirre recuerda en el fantástico prólogo que hizo a la edición de Blackie Books sobre la novela más famosa de mi “adoptada”, no “hubieran existido Melrose Place ni Twin Peaks”. Así que, sin Grace, supongo que mis sobremesas hubieran sido más aburridas. Y yo ahora me limitaría a recordar a David Hasselhoff y su “Coche fantástico”.

Mis siguientes dos razones van de la mano: Shirley. Y las brujas. Como lectora tengo especial preferencia por la literatura fantástica y el terror así que Shirley Jackson —autora de títulos como “La lotería”, considerada una obra maestra entre los relatos cortos del género de terror— fue mi primera opción. Pero ya estaba “comprometida”. Así que seguí buscando. Y, a través de la biografía de Shirley, pensé en Grace. Ambas escritoras durante los años cincuenta.  Amas de casa —las dos casadas y madres, tal y como mandaban los cánones de aquel entonces—, que osaron, entre pañales y listas de la compra,  escribir historias que las convirtieron en escritoras de éxito —si el éxito se mide por ejemplares vendidos—. Dicen que la propia Grace, antes de morir de una cirrosis hepática a los 39 años, afirmó “cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo”.

Shirley cultivó un género, el del horror, poco apropiado para el ámbito femenino y doméstico, atreviéndose a dialogar con la locura y la crueldad en sus textos. Y Grace no dudó en tratar temas tabú como el incesto, el aborto o la corrupción política y religiosa, ventilando esqueletos de armario en una novela que millones de personas leyeron sin admitirlo —“si tan mala escritora soy, entonces es que debe haber una increíble cantidad de gente con mal gusto” dijo en una ocasión—. Las dos son mujeres que se apartaron de la norma, de “lo femenino”. Brujas,  más que brujas. Fue el marido de Shirley, en una broma que la prensa decidió tomarse en serio, quien dijo que se había casado con una bruja y fueron muchos más los que la acusaron de hechicería en las cartas indignadas que escribieron tras leer su cuento más famoso. Por su parte, Grace fue despreciada por la crítica y censurada por la iglesia, aunque se convirtió igualmente en un best-seller. Muchas bibliotecas prohibieron su novela y se cuenta que algunas colgaron el cartel: “No tenemos ningún ejemplar de Peyton Place. Si queréis este libro id a Salem…” . Brujas, más que brujas, de nuevo. Tal vez porque ambas trataron temas que todos querían leer pero nadie se lanzaba a escribir. Y, sobre todo, porque se atrevieron a tener éxito en una época en la que la literatura era solo cosa de hombres. Será por eso que a mí me gustan tanto las brujas. Y Shirley. Y, naturalmente, Grace.

Volveré a sumergirme con gusto en su novela, en los secretos de Allison, Constance y Selena, sus protagonistas femeninas. Y nos veremos, pronto, muy pronto. En el “infierno” de Peyton Place.

Shirley
*Artículo para el proyecto: Adopta una autora

Sant Jordi gatuno y gótico…

Nos aproximamos al día favorito de muchos de los que olvidamos que ahí afuera es primavera… y mientras tanto nos quedamos en casa, enganchados a un libro o a la nueva historia que, poco a poco, toma forma en la pantalla del ordenador. Amigos gatun@s… ya está aquí la Diada de Sant Jordi.

Este Sant Jordi estaré con “Maullidos” en varias librerías de Barcelona. Será un día movido en el que espero llenar la ciudad de maullidos y ronroneos. Ahí va un resumen de mi jornada del libro, la rosa y el dragón (que también hay lugar para monstruos):

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De 10h a 12h:
LIBRERÍA SONS OF GUTENBERG, con “Maullidos”  y “Valguamar” en la parada de Plaça de la Vila de Gràcia.

De 13h a 14h:
LIBRERÍA CHRONOS, con la antología de la editorial Apache “Barcelona Gótica” en Pg. de Sant Joan 1.

De 17h a 18h:
LIBRERÍA GIGAMESH, con “Maullidos”  en c/ Bailén 8.

De 19h 20h:
STONBERG EDITORIAL, con “Maullidos”, en Passeig de Gràcia 82, (entre Provença y Mallorca).

En la librería Chronos me encontraréis junto a varios amigos de la Plataforma de Adictos a la Escritura y escritores amantes del terror presentando “Barcelona Gótica” una antología editada por Apache libros con ocho relatos que ofrecen el lado más tenebroso de la Ciudad Condal. Esperamos llenar Barcelona de vampiros, locos, demonios y muñecas demasiado humanas…

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Como adelanto os dejo un pequeño fragmento del relato “Mi querida muñeca”:

“A Hilde le encantó el piso. Y eso bastó para firmar el contrato. Cuando lo vi, unos días después, comprobé que parte de lo que me había contado Anette era cierto, sí. Mas yo lo encontré desmesurado, para dos mujeres y una niña, solas. Y donde ella me había sugerido un aire mágico, de palacio de cuento, yo percibí una mole grotesca. El interior me resultó viejo, aletargado, como un fósil de yeso, cristal y cerámica que hubiera estado esperándonos durante demasiado tiempo.”

Nos vemos en Sant Jordi… ¡miau!

Un hombre bajo la lluvia

Creo que fue Gabriel García Márquez quien dijo que “El gato bajo la lluvia” es quizá uno de los mejores relatos de todos los tiempos. No sé si lo incluiría yo en una de esas listas “top” (donde sí colocaría más de uno del maestro Gabo). Para mi gusto, la punta del iceberg que se asoma tras la historia del cuento es tan pequeña que, por muchas vueltas que le he dado (y lo hemos leído y comentado en numerosas ocasiones en las clases de escritura) nunca acabo de estar completamente segura de lo que desea la mujer protagonista a  través de su obsesión con ese minino empapado e indefenso.

Sin embargo, un relato gatuno y famoso bien se merece una vuelta de tuerca en mi pequeño rincón virtual. Y en una ocasión, para un concurso de microrrelatos en homenaje a Hemingway me atreví a darle un giro a la historia, usando una de las técnicas de este género pigmeo: la recreación. ¿El resultado? Una historia brevísima, titulada “El hombre bajo la lluvia”.

Va por tí Ernest…

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Lo decidí anoche, encerrada en este hotel de provincias. Miraba por la ventana, ¿recuerdas? Y llovía, demasiado. Entonces lo vi, justo allí, bajo el banco, mirándome, necesitándome. Era un gato, ya, un simple gato. Pero deberías saber que la lluvia me entristece, aunque quizá poco te importa. Intenté decírtelo, hablar contigo, una vez más, como tantas otras durante los últimos meses. Años, tal vez. Y ni tan siquiera me miraste. Seguiste concentrado en aquel periódico viejo, repleto de noticias que sabías de memoria. “De acuerdo”, gruñiste, “te compraré un canario, acuérdate que tengo alergia a los gatos”. No me gustan los pájaros. También deberías saberlo. Pero ahora, para mí, eso carece de importancia. Desconozco si cuando leas esta nota, en recepción, quedarán habitaciones libres. He cerrado con llave la nuestra. Así que tú mismo, yo sí sé que no te gustan los escándalos. Mira, querido, definitivamente, me quedo con el gato. Hoy serás tú el que duerme bajo la lluvia.

Un beso de buenas noches… por una buena causa

“En todo pueblo pequeño existe una casa misteriosa. Un lugar abandonado al que pocos se acercan una vez oscurece y del que los niños inventan historias que no les dejan dormir por la noche. Aquí nada es diferente. Tenemos también nuestra propia casa encantada, con paredes cubiertas de hiedra, puertas chirriantes y escaleras polvorientas. Hace años que nadie vive allí pero son muchos los que, durante la noche, han visto iluminarse alguna de sus ventanas o admiten haber oído extraños ruidos antes de salir corriendo y no parar hasta llegar a la cálida protección del hogar. Es gracioso que tvariodavía piensen que hay algo extraño en esa casa. Yo creo que jamás lo ha habido, aunque ahora sí tendrán algo real de lo que preocuparse. Sé que ella ha venido hasta aquí. Y está fuera, esperando, cuando el sol se esconde…”

Así empieza el relato “Un beso de buenas noches”, mi particular contribución las historias de vampiros. Un cuento con el que participo en una iniciativa preciosa que lanzaron el pasado Halloween los compañeros de LLEC (Libros, Lectores, Escritores y una taza de café): todos los beneficios de este libro, formado con 40 relatos de terror de varios escritores independientes, irán destinados a la ONG Save the Children.

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Si queréis “temblar”con buenas historias y por una buena causa… aquí podéis conseguirlo:

Comprar el libro

¿Os animáis? ¡Miau!

 

Presencias (mi relato de #historiasdemiedo)

Mujer Ventana

 

Presencias

Lo de Mariana fue un puro accidente. Un pie torcido al bajar la escalera. Un tropiezo desafortunado que acabó con su cuello, quebrado, en las baldosas del gran salón que ni tan solo estrenó como anfitriona. Bueno, eso es lo que dijo Ramiro. Es cierto que estaba desconsolado, que lloró tanto que ni todas las sábanas del ajuar —que era infinito, porque a Mariana jamás le faltó un real—, fueron suficientes para secar sus lágrimas. Y que las comadres afirmaron que sus gritos y lamentos se les metieron en la cabeza hasta varias noches después del velatorio de Mariana. No importaba que las comadres fueran sordas, porque es innegable que el dolor de Ramiro era enorme, y comparable a su tamaño, gigante como el de un oso pardo. Pero fue un accidente, no más. Es cierto que las malas lenguas —algunas, las más venenosas—, murmuraron que la suerte de Ramiro fue singular. Que Mariana le doblaba la edad y él, que había sido más pobre que las ratas de la sacristía, andó en amores con una joven de la ciudad, hasta poco antes de la boda. Pero ante esa pena monstruosa, terrible, que Ramiro mostraba, todos quedamos convencidos de que nada de lo que ocurrió fue buscado, sino fruto del más puro azar. La misma mala fortuna que hizo que el enterrador agarrase aquella gripe que lo mantuvo en cama más de un mes o que el pueblo entero permaneciera incomunicado por los increíbles agüaceros que lo azotaron durante semanas, tras dos años de sequía. Por eso aventuramos que Ramiro no tuvo más remedio que mantener a Mariana en el lugar más fresco del salón, donde confluían las corrientes de aire. Justo debajo del cuadro que les habían regalado para celebrar su compromiso, junto a la ventana.

Los días pasaron y quizás él se hizo a su silenciosa y funesta compañía, quien lo sabe. Mariana quedó allí como una estatua, como un regalo de bodas que uno no osa tirar y al que al final se acostumbra. La gente dice que eso fue, justamente, lo que provocó que Ramiro no se casara de nuevo, porque entonces no le hubieran faltado pretendientas, ni posibles. Pero tal vez se habituó demasiado a aquella Mariana difunta, cuya silueta acechaba a los vecinos desde la ventana. Su presencia intimidatoria se encalleció, se hizo eterna en la casa. Cada vez eran menos los que se acercaban allí por las noches y, poco a poco, incluso durante el día. Mientras tanto, Ramiro empalidecía, se hacía más y más pequeño a medida que pasaban los años. No hablaba con nadie y su aspecto enfermizo asustaba hasta a los demonios. Falleció, finalmente, y aseguran que su cuerpo descansa en el cementerio. Sin embargo nadie fue capaz de sacar a Mariana del salón, por mucho que lo intentaron el párroco, el médico e incluso el alcalde. Decidieron, devorados por el miedo y los malos presentimientos, cerrar la casa, a cal y canto, y dejaron dentro a Mariana, cuya silueta continúa rígida e intimadatoria junto a la ventana. Algunos chiquillos del pueblo, los más valientes, merodean por allí pasada la medianoche. Y dicen que, a la luz de la luna, han distinguido también una silueta de oso a su lado, que se le acerca y la agarra del cuello, y aprieta, aprieta…

Un relato de Gemma Solsona Asensio, octubre 2016

Retales

Hace unos meses participé en un concurso literario sobre la familia, que organizaba Fuentetaja. El tema era “la familia” lo que para mí remitía a las relaciones de amor (u odio), recuerdos, nostalgia y… lo que a mí más me gusta, los secretos. Un tema que da para muchísimas páginas (y metros, de película). ¡Cuántas novelas, relatos y películas narran las historias de esas personas a las que te une el lazo más estrecho y que, sin embargo, son de las pocas relaciones que no puedes escoger durante tu vida!

Participé, sí, con un relato, “Retales” que logró quedar finalista (resultados). No se podía exceder de un número determinado de palabras, así que tuve que adaptarme a la extensión propuesta. Sin embargo, aquí, en mi rincón gatuno, adjunto una versión un poco más larga, revisada, que quizá incluye algún indicio más respecto al original, sobre esos secretos que son el núcleo de muchas de mis historias.

RETALES

“El otro día, ante una carta añeja, volví a pensar en mi amiga Inés, y en muchas otras cosas, y en cómo me gustaba ir a su casa a jugar, solo porque allí olía a caliqueño. De su padre, que trabajaba en el banco, las vecinas decían que era “todo un señor” porque llevaba sombrero y tenía cada uno de los pelos del bigote siempre en su sitio, como si los hubiera fijado con alquitrán. Mi madre decía que no lo era tanto, aunque a mí también me lo pareciese, un señor digo, porque olía a lo que yo imaginaba que olían los señores, y guardaba en cajas de madera grabada aquellos puros maltrechos y fragantes. Unas cajas que escondía en cajones por toda la casa: en el salón, en el cuarto de juegos de Inés y hasta en la cocina, donde en apariencia solo entraban las criadas. Y es que, según él decía, sonriendo bajo ese bigote perfecto que casi le llegaba a las orejas, nunca sabía cuando podía apetecerle uno. Yo lo observaba deambular por aquella casa enorme, que era la suya y la de Inés y la de su madre, los domingos por la tarde, cuando la mía me dejaba que acompañase a mi amiga y sus muñecas para merendar. Y mientras Inés sentaba a Pepa, Manolita y Lola, que ella les ponía nombre a todas y cada una porque decía que todos, hasta sus muñecas, nos merecíamos un nombre, yo espiaba a su padre. Y después hacía como que tenía que ir al baño para aspirar, por todos los rincones, el humo que él dejaba tras de sí y que desprendían aquellos cigarros arrugados como los dedos de una bruja vieja.

Garbo_retocY es que mi casa solo olía a alcanfor, a cebollas y a las gotas de moscatel con las que mi madre remataba su café cuando creía que yo no la miraba. Y en sus cajones solo cabían hilos, telas y cajas de galletas con los programas que guardaba los domingos al regresar de la sesión doble del cine Oriente, que era el único capricho que se permitía tras coser y planchar la semana entera para las madres de mis compañeras en el colegio de monjas, donde también les hacía los dobladillos y las camisas de dormir a las hermanas, que por eso me tenían a mí de balde, sin pagar una peseta. Después del cine, me recogía en casa de Inés y ya en la nuestra, pequeña y que solo olía a nosotras, la veía enterrar en cofrecitos metálicos aquellos programas multicolores. Todos menos el de Pygmalion, que permanecía en el cajón de su mesita de noche, y desde el que yo sabía, porque lo había visto a escondidas, que Leslie Howard te vigilaba un poco bizco y con una cara tan soñolienta como la mía durante los sermones de las monjas. Y yo, mientras tanto, antes de ponerme el camisón, no me lavaba ni las manos, y me olía las trenzas, los dedos y hasta las mangas de mi vestido de domingo, buscando el aroma a caliqueño que me recordaba al padre de Inés, que tenía un nombre, como las muñecas de Inés, mientras que el mío, mi padre, no tenía ni eso, ni un nombre, aunque todos, hasta las muñecas, se merecían uno, según Inés me repetía cada domingo a la hora de la merienda.

Pero a mí eso no me importaba entonces, al menos no demasiado. Recuerdo una canción de Machín que decía “yo Fernandel-retocno puedo comprender cómo se pueden querer dos mujeres a la vez, y no estar loco”. Y al escucharla, yo pensaba que podía querer a muchos padres y a ninguno, porque tener uno y mil, mezclados igual que los programas en las cajas de galletas de mi madre, donde dormían Spencer Tracy con Fernandel y Robert Taylor con Leslie Howard, no era para estar tan loca. Eso lo pensaba yo por las noches, porque durante el día solo perseguía detalles para confeccionar un padre a mi antojo. Me quedaba con la risa de Manuel, el del colmado, que susurraba picardías a mi madre cuando creía que yo no estaba escuchando. Con la cicatriz de José, el vecino de enfrente, aunque decían que se la había hecho por bobo, por saltar una cerca durante la noche para ver a su novia, que al final se había escapado con otro. Y siempre, siempre, con el olor a caliqueño del padre de Inés. Y así, uno a uno, antes de dormirme, ordenaba los pedacitos con cuidado, les daba forma. Y si, alguna vez, conseguía que mi madre me contara un cuento, yo no lo pedía de hadas ni princesas, como las otras niñas, sino que solo quería más trocitos de mi padre. Y ella, que siempre se sentaba en mi cama muy tarde, y muy cansada, porque así se quedaba dormida antes de confesar algo que no fuera del todo mentira, contaba que había sido marinero y se había perdido buscando una ballena gigante que no cabía en los mapas. O aseguraba que se había hecho explorador y a lo mejor algún día regresaba con el oro del rey Salomón. O que a él le gustaban tanto las películas de indios y vaqueros que quizá se había fugado al Far West, a robar un banco. Así era como me iba fabricando yo un padre a trozos, con historias, olores y manías prestadas. Trocitos de quita y pon, igual que los vestidos de las muñecas de papel con las que jugaba yo mientras mi madre se dejaba los ojos en los dobladillos de las monjas. Y mientras ella cosía y zurcía, yo me sentaba a su lado en silencio, y confeccionaba con los dedos los vestidos recortables de mis muñecas de cartón. Y con la cabeza componía el porte y la figura de mi padre inventado y hasta de una familia entera, toda a retales. Me imaginaba que tenía una abuela rubia como Jean Harlow y una hermanita con la cara de Shirley Temple, que me parecía muy simpática y también muy rubia, como las señoritas Bigote-retocbien. Y un padre, sobre todo eso, con las manos del maestro Adolfo, finas como las de una mujer, aunque siempre estuvieran manchadas de tinta azul, al igual que las notas que dejaba en nuestros cuadernos de caligrafía. Con el rostro de Leslie Howard, así como soñoliento, como en el programa de Pygmalion, que aunque él era rubio y yo muy morena a mí eso me importaba bien poco. Y siempre, siempre, adornado con un olor de señor, como el del padre de Inés, que tenía un nombre, como su hija, y sus muñecas. Y así fui creciendo y haciéndome menos niña, con un padre inventado y una familia ausente, que para mí, todavía, es más presente que una de sangre y huesos, porque los fantasmas no se van, nunca.

De todo esto me acordé el otro día, ante una carta añeja. La encontré tras vaciar los cajones de mi madre, que no volverá a abrirlos, y que estaban repletos de hilos, telas y cajas de galletas con trocitos de sueños descoloridos, porque ella seguía sin tener mucho de nada. Pero al llegar al de su mesita de noche no estaba Leslie, mirándome así como bizco, como con sueño. Sino que allí, en el cajón desnudo, solo me esperaba una carta, en un sobre de un blanco rancio que dolía, casi tanto como la frase que rasgaba su anverso: “A mi hija, tu padre”. La examiné, palpé, olí. Y no me quedó más opción que romperla, porque no era mía, ni suya tampoco, tan limpia, tan vieja que ni siquiera a mi padre olía. La fui rasgando a trozos, a pedazos, que quedaron esparcidos por doquier, llevándose al padre de verdad que nunca tuve para dejarme el mío, hecho a retales, a mi antojo. Y es que ahora sé que no somos lo que queremos, sino lo que quieren que seamos. Y yo quise que mi padre se pareciese a Leslie Howard, tuviera la risa de Manuel y manchase de azul sus papeles, como el maestro Adolfo. Y sobre todo que oliese a señor, a caliqueño, aunque ese fuera el olor del padre de Inés, y el del mío, también.”

Un resumen gatuno

Un resumen gatuno

Supongo que, hace unos años, si me hubiera encontrado con la lámpara de Aladino, a lo mejor le hubiera pedido escribir el best-seller más vendido de todos los tiempos… pero hoy en día creo que me contentaría con solicitarle tiempo, más minutos, horas y días para escribir, simplemente, y para hacer todo aquello que quiero, que disfruto y que no puedo llevar a cabo, porque la tiranía de la semana apenas me permite dejar volar la imaginación de cuando en cuando.

“I’m late / I’m late / For a very important date. / No time to say “Hello, Goodbye”. / I’m late, I’m late, I’m late”.

Sí, en más ocasiones de las que me gustaría me siento, a lo largo del año, como el conejo blanco de “Alicia en el País de las Maravillas”, siempre corriendo, siempre deprisa, siempre un poquito más loca de lo que quisiera. Al menos, estos días de verano me han regalado algo de tiempo para disfrutar cada una de las horas de las ansiadas vacaciones (incluso celebrando los “no cumpleaños” en honor a Alicia y el sombrerero loco). Así que hasta he podido mirar atrás y he recopilado algunas imágenes de lo que han sido estos primeros meses de “Maullidos”…

Presentaciones en La Casa del Llibre o Documenta con mis compañeros y amigos de la Plataforma de Adictos a la Escritura (PAE); en bibliotecas como la Francesca Bonnemaison o en la de Vila de Gràcia con el Aula de Escritores; en la Llibreria Casa Usher con Jose Ignacio García y Franco Chiavalloti; los programas en Radio Cunit; eventos como el Me suenan tus letras etc.  Todos y cada uno momentos increíbles, compartidos con Judit, con amigos, compañeros, escritores…

Pues la verdad, echando la vista atrás, solo puedo decir ¡miau! ¡Ah! y que espero que esto solo sea el principio de todo lo bueno que está por venir.

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El fin del “NO”

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El otro día, mientras esperaba en la consulta del médico, dos madres primerizas hablaban sobre las vacunas que debían poner a sus retoños. Lo hacían con tanta desenvoltura que parecían estar comentando la lista de la compra. “A Pablito le acaban de poner la triple vírica” decía una. Y la otra respondía “pues a mi Miguelito solo le falta la del sarampión”. No me atreví a decirles a las ocupadas señoras que todas aquellas vacunas, con nombres extraños y de enfermedades que hoy en día parecen existir más en los libros que en los hogares eran, en realidad, una cortina de humo para ocultar la auténtica plaga de los últimos tiempos. Una curiosa enfermedad para la cual sus hijos deberán prepararse sin antibióticos ni vacunas que mitiguen, de momento, el mal rato que provocan sus terribles efectos.

El “no” es la enfermedad que más estragos causa, a mi entender, en la sociedad actual. Es horriblemente contagiosa, mucho más que la varicela o la gripe aviar, y ni cuando pasas de la adolescencia te libras de sus peligros. Es más, con el paso del tiempo, se agravan sus efectos y se multiplican sus síntomas. Cuando eres pequeño, el “no” se transmite a través de la educación paterna y de los sufridos profesores que te repiten sin cesar “no hables en clase”, “no digas palabrotas” o “no toques eso”. En la adolescencia se recrudecen los síntomas y parece que el “no” se instala definitivamente en el desarrollo del individuo para no abandonarlo nunca. Pero vamos a ser sinceros. Los “no vas a salir hoy”, “no te dejo el coche” o “hoy no vuelves a las tantas” son solo meros indicios de lo que le espera a uno al cabo de los años. El virus del “no” es muy puñetero y se nutre de cuantas más negativas mejor. Así que cuando uno llega a la edad madura el muy listo ya se ha adueñado de nuestro sistema inmunológico y causa estragos en la mayoría de las existencias humanas que nos cruzamos cada día en el ascensor o en las escaleras del metro. Aún están por inventarse pastillas o tratamientos paliativos. Y pese a que en los slogans publicitarios se empeñen en esconderlo (es lo primero que te enseñan en marketing) esta palabra te asalta cuando menos la esperas.

Si una mañana te pilla por sorpresa puedes ir preparándote porque a partir de ese funesto instante suele visitarte con frecuencia. Puede ir acompañado de un “ya le llamaremos”, “en estos momentos el Sr. Gómez ha salido, pruebe más tarde” o de un escueto “tal vez en otra ocasión”.El parásito del “no” es más contagioso que los piojos en la puerta de un colegio. Así que intenten por todos los medios evitar recibir uno por respuesta. Y procuren no pronunciarlos demasiado. Porque también tiene sus efectos colaterales. Y es que nadie está salvo de esta plaga.

Me viene a la cabeza una pobre anciana que hace tiempo descerrajó cuatro tiros a su desconsiderado vecino porque se negó a darle un beso. Seguro que la mujer temió los efectos contagiosos de aquel “no” en su vida diaria, y decidió cortarlo de raíz. Además dicen que “un simple beso no se le niega a cualquiera”… Quizá la canción sea un poco distinta, pero sirve para el propósito. O no…

Un Sant Jordi gatuno

Decían que era sábado y sería un día extraño. ¡O que iba a llover a cántaros! Y ya sabéis que a los gatos no les gusta demasiado el agua… Sin embargo, como en los mejores cuentos de hadas y princesas, dragones y caballeros ( y alguna bruja y monstruo de armario), el sábado amaneció espléndido, augurando una Diada estupenda para los amantes de los libros y las letras, para los lectores y escritores que llenaron Barcelona de sonrisas, firmas, rosas y, en nuestro caso, portadas magenta y alegres maullidos.

Junto a Judit, este sábado de Sant Jordi, fuimos saltando de tejado en tejado, de azotea en azotea y la verdad, acabamos agotadas pero “ronroneando” al dejar escapar unos cuantos de nuestros “Maullidos” hacia las manos de nuevos lectores “gatun@s” que esperamos disfruten de nuestras historias de mujeres, gatos y fantasmas. Desde bien temprano, de buena mañana, estuvimos celebrando la Diada en la Plaça de la Vila, junto a los amigos de letras de la PAE y la librería Sons of Gutenberg. De allí “saltamos”, antes del mediodía hacia la Plaça de la Revolució, donde muchos amigos y alumnos de las clases de Escritura y Relato nos vinieron a visitar en el stand de Aula de Escritores. Tras un pequeño descanso para reponer fuerzas, llegamos a la “parada” de nuestra editorial, Stonberg, en pleno Passeig de Gràcia, donde nuestros “gatos de letras y tinta” se pusieron las mejores galas para seguir “maullando” en manos de nuevos lectores. Y el fin de fiesta nos llevó hasta la Llibreria Pedralbes, un enclave literario que os invitamos a conocer en el “Pedralbes Centre”, donde sus dueñas, Mar y Bárbara nos esperaban con un café y una sonrisa.

Sí, acabamos agotadas pero felices en una jornada mágica, entre amigos, libros y rosas. Porque sabemos que nuestros “Maullidos” siguen su camino, cada vez más lejos… ¡Miau!

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