De brujas, secretos y Grace (para el proyecto Adopta una autora)

Brujas

Pueblo pequeño, infierno grande. Bienvenidos al “averno” de Peyton Place y a la obra de Grace Metalious, que dinamitó esquemas y récords de ventas en los albores de los años sesenta —y es que el cielo siempre ha sido un poco más aburrido—.

La primera vez que escuché el nombre de Grace Metalious me sonó a estrella de rock o a diva de Hollywood. Y, la verdad, es que fue tan famosa como muchas de ellas. Quizá demasiado. Por una novela que, en 1956, “destrozó la vida de sus vecinos”, fue calificada de “trash lit” —que en castellano traduciríamos con la fea expresión de “literatura basura”— pero permaneció más de 59 semanas entre los libros más vendidos del New York Times. Aún, hoy en día, muchos clasificarían la obra de Grace de “basura folletinesca”. Pero yo estoy encantada de “adoptarla” y espero que muchos lectores podáis descubrir a esta autora que acabó siendo víctima de un pueblo no tan “imaginario”. Y lo estoy por tres razones. Porque todos tenemos un pasado. Por Shirley Jackson. Y por las “brujas”. Tres razones que serán mis particulares “secretos” desvelados en esta primera entrada.

Pues sí… todos tenemos un pasado. Y yo me recuerdo, de pequeña, esperando la sobremesa impaciente, comiéndome el postre sin apenas mirar el plato, mientras dedico toda mi atención a las andanzas de Angela Channing en Falcon Crest. O puedo verme aún, rogando a mi madre para que no me mandara a la cama, cuando aparecían los rombos en el instante en el que Joan Collins asomaba su estola y sus diamantes de oropel al ritmo de la sintonía de Dinastía. Las traiciones, los escándalos y los secretos me fascinaban ya entonces, cuando ni tan solo había oído hablar de Grace y su obra. Estoy convencida de que siempre es un buen momento para reivindicar a una autora, aunque en estos días, precisamente, cuando volvemos a hablar de otro pueblo memorable, el de Laura Palmer, me parece especialmente apropiado recordar a Grace. Una mujer sin la que, tal y como el propio Boris Izaguirre recuerda en el fantástico prólogo que hizo a la edición de Blackie Books sobre la novela más famosa de mi “adoptada”, no “hubieran existido Melrose Place ni Twin Peaks”. Así que, sin Grace, supongo que mis sobremesas hubieran sido más aburridas. Y yo ahora me limitaría a recordar a David Hasselhoff y su “Coche fantástico”.

Mis siguientes dos razones van de la mano: Shirley. Y las brujas. Como lectora tengo especial preferencia por la literatura fantástica y el terror así que Shirley Jackson —autora de títulos como “La lotería”, considerada una obra maestra entre los relatos cortos del género de terror— fue mi primera opción. Pero ya estaba “comprometida”. Así que seguí buscando. Y, a través de la biografía de Shirley, pensé en Grace. Ambas escritoras durante los años cincuenta.  Amas de casa —las dos casadas y madres, tal y como mandaban los cánones de aquel entonces—, que osaron, entre pañales y listas de la compra,  escribir historias que las convirtieron en escritoras de éxito —si el éxito se mide por ejemplares vendidos—. Dicen que la propia Grace, antes de morir de una cirrosis hepática a los 39 años, afirmó “cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo”.

Shirley cultivó un género, el del horror, poco apropiado para el ámbito femenino y doméstico, atreviéndose a dialogar con la locura y la crueldad en sus textos. Y Grace no dudó en tratar temas tabú como el incesto, el aborto o la corrupción política y religiosa, ventilando esqueletos de armario en una novela que millones de personas leyeron sin admitirlo —“si tan mala escritora soy, entonces es que debe haber una increíble cantidad de gente con mal gusto” dijo en una ocasión—. Las dos son mujeres que se apartaron de la norma, de “lo femenino”. Brujas,  más que brujas. Fue el marido de Shirley, en una broma que la prensa decidió tomarse en serio, quien dijo que se había casado con una bruja y fueron muchos más los que la acusaron de hechicería en las cartas indignadas que escribieron tras leer su cuento más famoso. Por su parte, Grace fue despreciada por la crítica y censurada por la iglesia, aunque se convirtió igualmente en un best-seller. Muchas bibliotecas prohibieron su novela y se cuenta que algunas colgaron el cartel: “No tenemos ningún ejemplar de Peyton Place. Si queréis este libro id a Salem…” . Brujas, más que brujas, de nuevo. Tal vez porque ambas trataron temas que todos querían leer pero nadie se lanzaba a escribir. Y, sobre todo, porque se atrevieron a tener éxito en una época en la que la literatura era solo cosa de hombres. Será por eso que a mí me gustan tanto las brujas. Y Shirley. Y, naturalmente, Grace.

Volveré a sumergirme con gusto en su novela, en los secretos de Allison, Constance y Selena, sus protagonistas femeninas. Y nos veremos, pronto, muy pronto. En el “infierno” de Peyton Place.

Shirley
*Artículo para el proyecto: Adopta una autora

Un hombre bajo la lluvia

Creo que fue Gabriel García Márquez quien dijo que “El gato bajo la lluvia” es quizá uno de los mejores relatos de todos los tiempos. No sé si lo incluiría yo en una de esas listas “top” (donde sí colocaría más de uno del maestro Gabo). Para mi gusto, la punta del iceberg que se asoma tras la historia del cuento es tan pequeña que, por muchas vueltas que le he dado (y lo hemos leído y comentado en numerosas ocasiones en las clases de escritura) nunca acabo de estar completamente segura de lo que desea la mujer protagonista a  través de su obsesión con ese minino empapado e indefenso.

Sin embargo, un relato gatuno y famoso bien se merece una vuelta de tuerca en mi pequeño rincón virtual. Y en una ocasión, para un concurso de microrrelatos en homenaje a Hemingway me atreví a darle un giro a la historia, usando una de las técnicas de este género pigmeo: la recreación. ¿El resultado? Una historia brevísima, titulada “El hombre bajo la lluvia”.

Va por tí Ernest…

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Lo decidí anoche, encerrada en este hotel de provincias. Miraba por la ventana, ¿recuerdas? Y llovía, demasiado. Entonces lo vi, justo allí, bajo el banco, mirándome, necesitándome. Era un gato, ya, un simple gato. Pero deberías saber que la lluvia me entristece, aunque quizá poco te importa. Intenté decírtelo, hablar contigo, una vez más, como tantas otras durante los últimos meses. Años, tal vez. Y ni tan siquiera me miraste. Seguiste concentrado en aquel periódico viejo, repleto de noticias que sabías de memoria. “De acuerdo”, gruñiste, “te compraré un canario, acuérdate que tengo alergia a los gatos”. No me gustan los pájaros. También deberías saberlo. Pero ahora, para mí, eso carece de importancia. Desconozco si cuando leas esta nota, en recepción, quedarán habitaciones libres. He cerrado con llave la nuestra. Así que tú mismo, yo sí sé que no te gustan los escándalos. Mira, querido, definitivamente, me quedo con el gato. Hoy serás tú el que duerme bajo la lluvia.

Un resumen gatuno

Un resumen gatuno

Supongo que, hace unos años, si me hubiera encontrado con la lámpara de Aladino, a lo mejor le hubiera pedido escribir el best-seller más vendido de todos los tiempos… pero hoy en día creo que me contentaría con solicitarle tiempo, más minutos, horas y días para escribir, simplemente, y para hacer todo aquello que quiero, que disfruto y que no puedo llevar a cabo, porque la tiranía de la semana apenas me permite dejar volar la imaginación de cuando en cuando.

“I’m late / I’m late / For a very important date. / No time to say “Hello, Goodbye”. / I’m late, I’m late, I’m late”.

Sí, en más ocasiones de las que me gustaría me siento, a lo largo del año, como el conejo blanco de “Alicia en el País de las Maravillas”, siempre corriendo, siempre deprisa, siempre un poquito más loca de lo que quisiera. Al menos, estos días de verano me han regalado algo de tiempo para disfrutar cada una de las horas de las ansiadas vacaciones (incluso celebrando los “no cumpleaños” en honor a Alicia y el sombrerero loco). Así que hasta he podido mirar atrás y he recopilado algunas imágenes de lo que han sido estos primeros meses de “Maullidos”…

Presentaciones en La Casa del Llibre o Documenta con mis compañeros y amigos de la Plataforma de Adictos a la Escritura (PAE); en bibliotecas como la Francesca Bonnemaison o en la de Vila de Gràcia con el Aula de Escritores; en la Llibreria Casa Usher con Jose Ignacio García y Franco Chiavalloti; los programas en Radio Cunit; eventos como el Me suenan tus letras etc.  Todos y cada uno momentos increíbles, compartidos con Judit, con amigos, compañeros, escritores…

Pues la verdad, echando la vista atrás, solo puedo decir ¡miau! ¡Ah! y que espero que esto solo sea el principio de todo lo bueno que está por venir.

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El fin del “NO”

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El otro día, mientras esperaba en la consulta del médico, dos madres primerizas hablaban sobre las vacunas que debían poner a sus retoños. Lo hacían con tanta desenvoltura que parecían estar comentando la lista de la compra. “A Pablito le acaban de poner la triple vírica” decía una. Y la otra respondía “pues a mi Miguelito solo le falta la del sarampión”. No me atreví a decirles a las ocupadas señoras que todas aquellas vacunas, con nombres extraños y de enfermedades que hoy en día parecen existir más en los libros que en los hogares eran, en realidad, una cortina de humo para ocultar la auténtica plaga de los últimos tiempos. Una curiosa enfermedad para la cual sus hijos deberán prepararse sin antibióticos ni vacunas que mitiguen, de momento, el mal rato que provocan sus terribles efectos.

El “no” es la enfermedad que más estragos causa, a mi entender, en la sociedad actual. Es horriblemente contagiosa, mucho más que la varicela o la gripe aviar, y ni cuando pasas de la adolescencia te libras de sus peligros. Es más, con el paso del tiempo, se agravan sus efectos y se multiplican sus síntomas. Cuando eres pequeño, el “no” se transmite a través de la educación paterna y de los sufridos profesores que te repiten sin cesar “no hables en clase”, “no digas palabrotas” o “no toques eso”. En la adolescencia se recrudecen los síntomas y parece que el “no” se instala definitivamente en el desarrollo del individuo para no abandonarlo nunca. Pero vamos a ser sinceros. Los “no vas a salir hoy”, “no te dejo el coche” o “hoy no vuelves a las tantas” son solo meros indicios de lo que le espera a uno al cabo de los años. El virus del “no” es muy puñetero y se nutre de cuantas más negativas mejor. Así que cuando uno llega a la edad madura el muy listo ya se ha adueñado de nuestro sistema inmunológico y causa estragos en la mayoría de las existencias humanas que nos cruzamos cada día en el ascensor o en las escaleras del metro. Aún están por inventarse pastillas o tratamientos paliativos. Y pese a que en los slogans publicitarios se empeñen en esconderlo (es lo primero que te enseñan en marketing) esta palabra te asalta cuando menos la esperas.

Si una mañana te pilla por sorpresa puedes ir preparándote porque a partir de ese funesto instante suele visitarte con frecuencia. Puede ir acompañado de un “ya le llamaremos”, “en estos momentos el Sr. Gómez ha salido, pruebe más tarde” o de un escueto “tal vez en otra ocasión”.El parásito del “no” es más contagioso que los piojos en la puerta de un colegio. Así que intenten por todos los medios evitar recibir uno por respuesta. Y procuren no pronunciarlos demasiado. Porque también tiene sus efectos colaterales. Y es que nadie está salvo de esta plaga.

Me viene a la cabeza una pobre anciana que hace tiempo descerrajó cuatro tiros a su desconsiderado vecino porque se negó a darle un beso. Seguro que la mujer temió los efectos contagiosos de aquel “no” en su vida diaria, y decidió cortarlo de raíz. Además dicen que “un simple beso no se le niega a cualquiera”… Quizá la canción sea un poco distinta, pero sirve para el propósito. O no…