Paraíso

Zapatos

Admito que nací cansada. En el colegio, mientras el resto de niños jugaban al escondite, a la comba o a las canicas, yo permanecía en una esquinita, comiendo mi bocadillo de foie-gras y estirando mis piernas cortas, ensimismada en los brillantes zapatos de charol que mamá me obligaba a llevar cada día y a limpiar con betún y cera de abeja. Durante la adolescencia, los suspiros me acompañaron allí donde iba, las ojeras fueron mi maquillaje preferido y el sillón mi mejor compañero. Lo cierto es que ahora, aquí, por fin, soy feliz. No tengo nada que hacer y mamá me deja tranquila. Este lugar es silencioso y fresquito. Incluso me llega un cierto aroma a bosque que me adormece y los gusanos me hacen cosquillas. Lástima que no puedo levantar mucho la cabeza. El techo es más bien bajito, y está muy oscuro. Pero con un poco de maña me giro un poco y hasta puedo distinguir mis botines, ahora polvorientos. Los eligió mamá, entre lágrimas, para la ocasión. Y claro, yo… ya no pude negarme.

“Cuánto Cuento” en el Horiginal

Siempre digo que los talleres de escritura creativa o relato, que tengo la suerte de impartir, son mi particular oasis semanal. Y me esfuerzo en que lo sean, también, para los escritores y escritoras que comparten conmigo sus escritos. Disfruto cuando me leen sus historias de unicornios, metros en hora punta o muñecas asesinas. Y es que todos los temas y lugares pueden ser interesantes si los cuentas con el arte de Scheherezade.

El pasado martes 6 de marzo, en el evento “Cuánto Cuento” hicimos público nuestro “oasis” y dimos voz a los relatos que han surgido de muchos de esos talleres. Cuentos de pájaros y niñas, astronautas, universos imposibles o recuerdos infantiles que nacieron y se inspiraron en el taller de escritura “tomaron” el Bar Horiginal/La Rubia, en Barcelona. IMG-20180311-WA0012En cada uno de estos talleres me planteo, al menos, tres objetivos cuando empezamos la tarde. Uno: que la sesión no finalice sin haber descubierto algún truco, autor o relato nuevo que nos aporte ideas y nuevas formas de abordar las historias. Dos: dar el tiempo que se puede (no siempre es suficiente) para que la gran mayoría pueda compartir y leer sus relatos. Tres: sobre todo, acabar la clase con inspiración y ganas de escribir (aunque sean casilas once de la noche deun día entre semana). ¡Ah! Y lo más importante (pues… entonces me salen cuatro): disfrutarlo.

IMG-20180311-WA0015Pienso que estas premisas se cumplieron, esa noche, en el Horiginal. Aquellos que nos acompañaron descubrieron nuevas voces con ganas de contar. Los “lectores-escritores” pudieron compartir sus historias y sacaron inspiración para otras nuevas. Y todos disfrutamos de los cuentos y del rato compartido. ¿La prueba? Repetiremos. Pronto.

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