Retales

Hace unos meses participé en un concurso literario sobre la familia, que organizaba Fuentetaja. El tema era “la familia” lo que para mí remitía a las relaciones de amor (u odio), recuerdos, nostalgia y… lo que a mí más me gusta, los secretos. Un tema que da para muchísimas páginas (y metros, de película). ¡Cuántas novelas, relatos y películas narran las historias de esas personas a las que te une el lazo más estrecho y que, sin embargo, son de las pocas relaciones que no puedes escoger durante tu vida!

Participé, sí, con un relato, “Retales” que logró quedar finalista (resultados). No se podía exceder de un número determinado de palabras, así que tuve que adaptarme a la extensión propuesta. Sin embargo, aquí, en mi rincón gatuno, adjunto una versión un poco más larga, revisada, que quizá incluye algún indicio más respecto al original, sobre esos secretos que son el núcleo de muchas de mis historias.

RETALES

“El otro día, ante una carta añeja, volví a pensar en mi amiga Inés, y en muchas otras cosas, y en cómo me gustaba ir a su casa a jugar, solo porque allí olía a caliqueño. De su padre, que trabajaba en el banco, las vecinas decían que era “todo un señor” porque llevaba sombrero y tenía cada uno de los pelos del bigote siempre en su sitio, como si los hubiera fijado con alquitrán. Mi madre decía que no lo era tanto, aunque a mí también me lo pareciese, un señor digo, porque olía a lo que yo imaginaba que olían los señores, y guardaba en cajas de madera grabada aquellos puros maltrechos y fragantes. Unas cajas que escondía en cajones por toda la casa: en el salón, en el cuarto de juegos de Inés y hasta en la cocina, donde en apariencia solo entraban las criadas. Y es que, según él decía, sonriendo bajo ese bigote perfecto que casi le llegaba a las orejas, nunca sabía cuando podía apetecerle uno. Yo lo observaba deambular por aquella casa enorme, que era la suya y la de Inés y la de su madre, los domingos por la tarde, cuando la mía me dejaba que acompañase a mi amiga y sus muñecas para merendar. Y mientras Inés sentaba a Pepa, Manolita y Lola, que ella les ponía nombre a todas y cada una porque decía que todos, hasta sus muñecas, nos merecíamos un nombre, yo espiaba a su padre. Y después hacía como que tenía que ir al baño para aspirar, por todos los rincones, el humo que él dejaba tras de sí y que desprendían aquellos cigarros arrugados como los dedos de una bruja vieja.

Garbo_retocY es que mi casa solo olía a alcanfor, a cebollas y a las gotas de moscatel con las que mi madre remataba su café cuando creía que yo no la miraba. Y en sus cajones solo cabían hilos, telas y cajas de galletas con los programas que guardaba los domingos al regresar de la sesión doble del cine Oriente, que era el único capricho que se permitía tras coser y planchar la semana entera para las madres de mis compañeras en el colegio de monjas, donde también les hacía los dobladillos y las camisas de dormir a las hermanas, que por eso me tenían a mí de balde, sin pagar una peseta. Después del cine, me recogía en casa de Inés y ya en la nuestra, pequeña y que solo olía a nosotras, la veía enterrar en cofrecitos metálicos aquellos programas multicolores. Todos menos el de Pygmalion, que permanecía en el cajón de su mesita de noche, y desde el que yo sabía, porque lo había visto a escondidas, que Leslie Howard te vigilaba un poco bizco y con una cara tan soñolienta como la mía durante los sermones de las monjas. Y yo, mientras tanto, antes de ponerme el camisón, no me lavaba ni las manos, y me olía las trenzas, los dedos y hasta las mangas de mi vestido de domingo, buscando el aroma a caliqueño que me recordaba al padre de Inés, que tenía un nombre, como las muñecas de Inés, mientras que el mío, mi padre, no tenía ni eso, ni un nombre, aunque todos, hasta las muñecas, se merecían uno, según Inés me repetía cada domingo a la hora de la merienda.

Pero a mí eso no me importaba entonces, al menos no demasiado. Recuerdo una canción de Machín que decía “yo Fernandel-retocno puedo comprender cómo se pueden querer dos mujeres a la vez, y no estar loco”. Y al escucharla, yo pensaba que podía querer a muchos padres y a ninguno, porque tener uno y mil, mezclados igual que los programas en las cajas de galletas de mi madre, donde dormían Spencer Tracy con Fernandel y Robert Taylor con Leslie Howard, no era para estar tan loca. Eso lo pensaba yo por las noches, porque durante el día solo perseguía detalles para confeccionar un padre a mi antojo. Me quedaba con la risa de Manuel, el del colmado, que susurraba picardías a mi madre cuando creía que yo no estaba escuchando. Con la cicatriz de José, el vecino de enfrente, aunque decían que se la había hecho por bobo, por saltar una cerca durante la noche para ver a su novia, que al final se había escapado con otro. Y siempre, siempre, con el olor a caliqueño del padre de Inés. Y así, uno a uno, antes de dormirme, ordenaba los pedacitos con cuidado, les daba forma. Y si, alguna vez, conseguía que mi madre me contara un cuento, yo no lo pedía de hadas ni princesas, como las otras niñas, sino que solo quería más trocitos de mi padre. Y ella, que siempre se sentaba en mi cama muy tarde, y muy cansada, porque así se quedaba dormida antes de confesar algo que no fuera del todo mentira, contaba que había sido marinero y se había perdido buscando una ballena gigante que no cabía en los mapas. O aseguraba que se había hecho explorador y a lo mejor algún día regresaba con el oro del rey Salomón. O que a él le gustaban tanto las películas de indios y vaqueros que quizá se había fugado al Far West, a robar un banco. Así era como me iba fabricando yo un padre a trozos, con historias, olores y manías prestadas. Trocitos de quita y pon, igual que los vestidos de las muñecas de papel con las que jugaba yo mientras mi madre se dejaba los ojos en los dobladillos de las monjas. Y mientras ella cosía y zurcía, yo me sentaba a su lado en silencio, y confeccionaba con los dedos los vestidos recortables de mis muñecas de cartón. Y con la cabeza componía el porte y la figura de mi padre inventado y hasta de una familia entera, toda a retales. Me imaginaba que tenía una abuela rubia como Jean Harlow y una hermanita con la cara de Shirley Temple, que me parecía muy simpática y también muy rubia, como las señoritas Bigote-retocbien. Y un padre, sobre todo eso, con las manos del maestro Adolfo, finas como las de una mujer, aunque siempre estuvieran manchadas de tinta azul, al igual que las notas que dejaba en nuestros cuadernos de caligrafía. Con el rostro de Leslie Howard, así como soñoliento, como en el programa de Pygmalion, que aunque él era rubio y yo muy morena a mí eso me importaba bien poco. Y siempre, siempre, adornado con un olor de señor, como el del padre de Inés, que tenía un nombre, como su hija, y sus muñecas. Y así fui creciendo y haciéndome menos niña, con un padre inventado y una familia ausente, que para mí, todavía, es más presente que una de sangre y huesos, porque los fantasmas no se van, nunca.

De todo esto me acordé el otro día, ante una carta añeja. La encontré tras vaciar los cajones de mi madre, que no volverá a abrirlos, y que estaban repletos de hilos, telas y cajas de galletas con trocitos de sueños descoloridos, porque ella seguía sin tener mucho de nada. Pero al llegar al de su mesita de noche no estaba Leslie, mirándome así como bizco, como con sueño. Sino que allí, en el cajón desnudo, solo me esperaba una carta, en un sobre de un blanco rancio que dolía, casi tanto como la frase que rasgaba su anverso: “A mi hija, tu padre”. La examiné, palpé, olí. Y no me quedó más opción que romperla, porque no era mía, ni suya tampoco, tan limpia, tan vieja que ni siquiera a mi padre olía. La fui rasgando a trozos, a pedazos, que quedaron esparcidos por doquier, llevándose al padre de verdad que nunca tuve para dejarme el mío, hecho a retales, a mi antojo. Y es que ahora sé que no somos lo que queremos, sino lo que quieren que seamos. Y yo quise que mi padre se pareciese a Leslie Howard, tuviera la risa de Manuel y manchase de azul sus papeles, como el maestro Adolfo. Y sobre todo que oliese a señor, a caliqueño, aunque ese fuera el olor del padre de Inés, y el del mío, también.”

Un resumen gatuno

Un resumen gatuno

Supongo que, hace unos años, si me hubiera encontrado con la lámpara de Aladino, a lo mejor le hubiera pedido escribir el best-seller más vendido de todos los tiempos… pero hoy en día creo que me contentaría con solicitarle tiempo, más minutos, horas y días para escribir, simplemente, y para hacer todo aquello que quiero, que disfruto y que no puedo llevar a cabo, porque la tiranía de la semana apenas me permite dejar volar la imaginación de cuando en cuando.

“I’m late / I’m late / For a very important date. / No time to say “Hello, Goodbye”. / I’m late, I’m late, I’m late”.

Sí, en más ocasiones de las que me gustaría me siento, a lo largo del año, como el conejo blanco de “Alicia en el País de las Maravillas”, siempre corriendo, siempre deprisa, siempre un poquito más loca de lo que quisiera. Al menos, estos días de verano me han regalado algo de tiempo para disfrutar cada una de las horas de las ansiadas vacaciones (incluso celebrando los “no cumpleaños” en honor a Alicia y el sombrerero loco). Así que hasta he podido mirar atrás y he recopilado algunas imágenes de lo que han sido estos primeros meses de “Maullidos”…

Presentaciones en La Casa del Llibre o Documenta con mis compañeros y amigos de la Plataforma de Adictos a la Escritura (PAE); en bibliotecas como la Francesca Bonnemaison o en la de Vila de Gràcia con el Aula de Escritores; en la Llibreria Casa Usher con Jose Ignacio García y Franco Chiavalloti; los programas en Radio Cunit; eventos como el Me suenan tus letras etc.  Todos y cada uno momentos increíbles, compartidos con Judit, con amigos, compañeros, escritores…

Pues la verdad, echando la vista atrás, solo puedo decir ¡miau! ¡Ah! y que espero que esto solo sea el principio de todo lo bueno que está por venir.

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