El fin del “NO”

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El otro día, mientras esperaba en la consulta del médico, dos madres primerizas hablaban sobre las vacunas que debían poner a sus retoños. Lo hacían con tanta desenvoltura que parecían estar comentando la lista de la compra. “A Pablito le acaban de poner la triple vírica” decía una. Y la otra respondía “pues a mi Miguelito solo le falta la del sarampión”. No me atreví a decirles a las ocupadas señoras que todas aquellas vacunas, con nombres extraños y de enfermedades que hoy en día parecen existir más en los libros que en los hogares eran, en realidad, una cortina de humo para ocultar la auténtica plaga de los últimos tiempos. Una curiosa enfermedad para la cual sus hijos deberán prepararse sin antibióticos ni vacunas que mitiguen, de momento, el mal rato que provocan sus terribles efectos.

El “no” es la enfermedad que más estragos causa, a mi entender, en la sociedad actual. Es horriblemente contagiosa, mucho más que la varicela o la gripe aviar, y ni cuando pasas de la adolescencia te libras de sus peligros. Es más, con el paso del tiempo, se agravan sus efectos y se multiplican sus síntomas. Cuando eres pequeño, el “no” se transmite a través de la educación paterna y de los sufridos profesores que te repiten sin cesar “no hables en clase”, “no digas palabrotas” o “no toques eso”. En la adolescencia se recrudecen los síntomas y parece que el “no” se instala definitivamente en el desarrollo del individuo para no abandonarlo nunca. Pero vamos a ser sinceros. Los “no vas a salir hoy”, “no te dejo el coche” o “hoy no vuelves a las tantas” son solo meros indicios de lo que le espera a uno al cabo de los años. El virus del “no” es muy puñetero y se nutre de cuantas más negativas mejor. Así que cuando uno llega a la edad madura el muy listo ya se ha adueñado de nuestro sistema inmunológico y causa estragos en la mayoría de las existencias humanas que nos cruzamos cada día en el ascensor o en las escaleras del metro. Aún están por inventarse pastillas o tratamientos paliativos. Y pese a que en los slogans publicitarios se empeñen en esconderlo (es lo primero que te enseñan en marketing) esta palabra te asalta cuando menos la esperas.

Si una mañana te pilla por sorpresa puedes ir preparándote porque a partir de ese funesto instante suele visitarte con frecuencia. Puede ir acompañado de un “ya le llamaremos”, “en estos momentos el Sr. Gómez ha salido, pruebe más tarde” o de un escueto “tal vez en otra ocasión”.El parásito del “no” es más contagioso que los piojos en la puerta de un colegio. Así que intenten por todos los medios evitar recibir uno por respuesta. Y procuren no pronunciarlos demasiado. Porque también tiene sus efectos colaterales. Y es que nadie está salvo de esta plaga.

Me viene a la cabeza una pobre anciana que hace tiempo descerrajó cuatro tiros a su desconsiderado vecino porque se negó a darle un beso. Seguro que la mujer temió los efectos contagiosos de aquel “no” en su vida diaria, y decidió cortarlo de raíz. Además dicen que “un simple beso no se le niega a cualquiera”… Quizá la canción sea un poco distinta, pero sirve para el propósito. O no…